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Sobre un fondo morado se encuentra la silueta de una mujer con discapacidad usuaria de silla de ruedas ubicada en el centro de la imagen. A los lados derecho e izquierdo de la parte inferior se encuentran 2 velas a cada lado.

“No me prendan velas”: Desmitificando mi sexualidad

A la Educación Sexual Integral (ESI) la he buscado, asechado y coqueteado, me he permitido estar junto a ella y con ella. Le debo el poder escribir este texto hoy. Sin embargo, es necesario recordar mis primeros y escasos encuentros con la educación sexual. Encuentros que, sin duda, muchas personas comparten, y que, de haber sido más frecuentes y de mejor calidad, podrían haber desterrado los mitos que socialmente rodean la sexualidad de las mujeres con discapacidad que aún hoy me afectan, me atraviesan y me retan.

El mito de que las personas con discapacidad no tienen sexualidad es uno de los más comunes y persistentes. Este refuerza ideas como que no somos seres completos, deseantes y deseables, y que nuestra sexualidad es irrelevante. Así, se considera innecesaria una educación que nos permita conocer y ejercer nuestra sexualidad, como si nuestras vidas solo se dignificaran a través de la salud física y la educación para el trabajo. Esto no solo es deshumanizante, sino que también impide que muchas personas con discapacidad nos sintamos libres para explorar nuestra sexualidad.

No puedo dejar de compartir mis vivencias, ya que me han permitido comprender cómo la Educación Sexual Integral (ESI), que antes desconocía, llegó a mi vida y me brindó la oportunidad de cambiar esos pensamientos descalificantes que me repetía sin compasión (fea, rara, indeseable).

Una de mis primeras fuentes de información sobre educación sexual fue el colegio, en especial la primaria de la que tengo vagas memorias. En aquella época, lo más importante era entender cómo funcionaba el cuerpo por dentro y no tanto cómo se veía por fuera. En el bachillerato se habló un poco más sobre la reproducción, pero sobre todo acerca de cómo evitarla a toda costa. Mis compañeras y yo tuvimos profesores que, tristemente, no tenían el conocimiento necesario para hablar de sexualidad de manera asertiva. Por un lado, recibíamos información que presentaba la sexualidad como un tema casi prohibido o pecaminoso; por otro, escuchábamos testimonios de profesores que exponian detalles de su vida sexual privada. Escasamente esa ‘educación sexual’ logró evitar los embarazos, pero ¿cómo iba a hacerlo, sin que nos permitieran comprender primero, la importancia del reconocimiento de nuestro propio cuerpo en su diversidad de formas y el valor de cada parte de nuestro ser? Desde luego, esto no debió hacerse atraves el miedo y la vergüenza. Se nos enseñaba que la sexualidad era algo para después, para cuando fuéramos adultos, como si no estuviera también relacionada con nuestra identidad, emocionalidad, salud y placer.

En este contexto, crecí con recelo hacia el contacto físico con el género masculino además de una profunda inseguridad sobre mi cuerpo.  Recuerdo una presentación del coro de mi curso, en la que debía tomar de la mano del compañero junto a mi, pero no pude hacerlo. En su lugar, utilicé la manga izquierda de mi uniforme, compartiendo ese pedazo de tejido que hacía las veces de mi mano izquierda. Mi mano izquierda, torcida y rígida por la espasticidad, nunca ha sido la más obediente ni la que más me gustaba mostrar. Siempre sentí que me hacía destacar de una manera negativa, hasta que, a los 14 años, me operaron. Fue en ese momento cuando esa mano comenzó a parecerse un poco más a lo que se concibe como una mano: con dedos delgados, estilizados, capaces de moverse con coordinación y por una orden, e incluso con la posibilidad de “chocar los cinco”.

No puedo negar que, a pesar del dolor que supuso esa cirugía y de la incapacidad de tres meses que casi me cuesta matemáticas, ese pequeño acercamiento hacia un cuerpo heteronormativo me hizo sentir un poquito mejor conmigo misma. En retrospectiva pienso en lo fuerte que fui y en lo innecesariamente valiente que tuve que ser. Nadie debería tener que ser fuerte o valiente para atravesar esta coexistencia llamada vida con el cuerpo que le permite existir. Mi lucha con la inseguridad sobre mi cuerpo y la incapacidad de tocar a otros, por el miedo al rechazo, por la creencia internalizada de la inferioridad de mi cuerpo con dis-capacidad, refleja una realidad más amplia: la falta de visibilidad y reconocimiento de nuestra sexualidad y de nuestros cuerpos.

Y esto se manifiesta en las personas de nuestro entorno, quienes nos excluyen de la vida mundana de la sexualidad. Personas como mi abuelita que recomendaba  «prenderme una velita» para que yo intercediera por algún milagro, como alusión a una especie de versión terrenal de la Virgen María. Hoy quisiera decirle: «Abuelita querida, espero tener las virtudes de la compasión y la empatía que yo misma le asigno a la Virgen, pero las causas que mueven mi vida me alejan de lo que religiosamente podría considerarse ‘la santidad'». Por eso no quiero que me prendan velas y aunque me considero una mujer espiritual, quiero que me vean desde lo terrenal de este cuerpo que se asume femenino, sensual y erótico.

Además, lo más complejo es que el mito de la asexualidad no solo refuerza las barreras existentes para que las mujeres con discapacidad ejerzan su sexualidad, sino que también fomenta la impunidad en casos de violencias sexuales. Al considerar a una mujer con discapacidad como asexual, se asume que su cuerpo no interesa a otros en términos sexuales, lo que las pone (nos pone) en una falsa percepción de inmunidad frente a cualquier tipo de agresión sexual. Esto explica por qué sentí muchas veces manos en lugares donde no había dado mi consentimiento para ser tocada, las cuales venían acompañadas de frases como «solo quiero ayudarte» o «no puedo cargarte de otra manera». Otras veces, simplemente hubo silencio, un silencio paralizante, porque incluso llegué a dudar de mi propia incomodidad, de ese sentimiento de invasión sobre mi privacidad, sobre mi territorio corporal.

Por eso, la ESI se ha convertido para mi vida en un propósito, un camino personal que transforma o por lo menos seduce a otros y otras, para unirse a esta causa y cuestionarse, como yo lo hago, cada vez que descubro más.

Hace años no hubiese creído que estaría hablando de sexualidad porque no me reconocía como una mujer sexual. Le temía a mi cuerpo y a sus formas, no lo veía deseable, mucho menos digno de intimidad. Me sentía como un objeto público: vestida en lugares sin privacidad, comentada por otros como “noticia del día” sobre mi cuerpo, mis tratamientos, todo en mi presencia… pero como si no estuviera ahí, como si mi ser fuera ajeno a ese cuerpo.

Quiero concluir este texto exigiendo el fin de esos “discursos des-erotizantes” manifestados socialmente a través de estereotipos sobre la sexualidad en la discapacidad. Esta exigencia es necesaria y de atención urgente ya que no se trata de un favor social sino de un cambio necesario en el paradigma que rodea a la discapacidad y, en particular, a nuestra sexualidad. 

Comparto con ustedes el fragmento de una poesía de Mónica Caldeiro, que inspira poéticamente este reclamo, y fue declamada en el documental Trébol de cuatro hojas, dedicado a la asistencia sexual:

  “Ponle fin al discurso sobre mi deseo de una vez.

  Ponle fin.

  Pues más allá de nombrar, está el tocar.

  Y mis manos o mis no manos,

  Mis piernas o mis no piernas,

  O mi no cordura loca que siente y percibe

  Con presencia sutil y rabiosa

  Que llamarías disfuncional, improductiva.”

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