Durante mucho tiempo pensé que la autonomía se trataba de hacer las cosas sola, sin apoyo, sin ayuda. Pero con los años comprendí que, más allá de la independencia física, la autonomía es la capacidad de decidir por mí misma, especialmente en los aspectos más íntimos de la vida. Comprender esto cambió profundamente mi manera de relacionarme conmigo y con los demás.
Esa comprensión llegó cuando empecé a reconocer que los cuidados sexuales y reproductivos también eran parte de mi vida. No se trata de higiene, como muchas veces se piensa desde la mirada prejuiciosa hacia las mujeres con discapacidad, sino de todas esas decisiones que tomo para cuidar mi cuerpo, proteger mi salud sexual, ejercer mi deseo y vivir con bienestar. Son decisiones que van desde informarme sobre mi cuerpo hasta elegir cuándo acudir a un control médico, cuándo decir “sí”, cuándo decir “no” y con quién compartir mi intimidad.
La autonomía como punto de partida
Antes, mi relación con estos temas era distante. La salud sexual y reproductiva parecía un asunto ajeno, algo que no me concernía, como muchos otros temas. No pensaba en exámenes ginecológicos ni en mi ciclo menstrual; simplemente los dejaba pasar. La falta de información, sumada a los prejuicios sociales sobre la sexualidad de las personas con discapacidad, me alejaba de todo eso. En los servicios de salud, por ejemplo, rara vez se hablaba conmigo directamente; se asumía que otra persona debía decidir por mí o acompañar la conversación.
Informarme permitió comprender que también tengo derecho a cuidar de mi salud sexual y reproductiva. Ahí comenzó mi ejercicio real de autonomía: no porque alguien me dijera que debía hacerlo, sino porque decidí hacerlo. Pedí orientación médica, pregunté por exámenes de prevención de infecciones de transmisión sexual, y me aseguré de realizarme la citología que había postergado durante años.
Ese acto, aparentemente sencillo, fue una afirmación de mi autonomía. No solo cuidaba mi salud, sino que estaba reclamando mi derecho a participar activamente en las decisiones que afectan mi cuerpo. Y me llevó a preguntarme cuántas mujeres con discapacidad como yo, no han tenido siquiera la oportunidad de hacerlo, cuántas siguen esperando a que alguien más considere importante su bienestar sexual y reproductivo.
Derechos que son míos
Hablar de autonomía en los cuidados sexuales y reproductivos es hablar de derechos humanos. Los derechos sexuales y reproductivos garantizan, entre otras cosas, el acceso a la información, la libertad para decidir sobre la maternidad, la posibilidad de elegir con quién mantener relaciones sexuales y bajo qué condiciones, el acceso a servicios de salud de calidad y el derecho a vivir la sexualidad de manera libre, segura y sin violencia.
Sin embargo, estos derechos suelen negarse, restringirse o minimizarse cuando se trata nosotras. A menudo, las instituciones de salud no están preparadas para atendernos adecuadamente; la información no es accesible y los profesionales tienden a infantilizarnos o desestimar nuestras decisiones. La sobreprotección familiar también juega un papel importante, muchas veces el tema de la sexualidad se evita por completo, como si reconocerlo pusiera en riesgo nuestra “inocencia”.
Cuidarme como un acto político
Conocer mis derechos me permitió cuidar de mí misma desde otro lugar. Empecé a reconocer mi cuerpo, mis ritmos, mis necesidades, mis emociones. Aprendí a escucharme, a no sentir culpa por tener deseo y a entender que el cuidado no se limita a mi aspecto físico, (que es importante, debo decirlo, pues en la discapacidad muchas veces solo importa que al menos no “huelas a pis” pues tu presentación personal se tira al ático de lo no fundamental) sino que también es emocional. Tomar decisiones sobre mis relaciones afectivas y eróticas, elegir con quién compartir mi intimidad y bajo qué condiciones, ha sido un proceso de aprendizaje constante, pero también de liberación.
En ese sentido, cuidarme se volvió un acto político. No porque busque hacer una declaración pública, sino porque, en una sociedad que históricamente nos ha negado el derecho a decidir, ejercer mi autonomía es un ejercicio de resistencia. Resistir a los estereotipos que me ven como asexuada, dependiente o incapaz. Resistir al paternalismo médico. Resistir al silencio impuesto sobre nuestros cuerpos.
Aun así, la autonomía no se ejerce en el vacío. Hay barreras estructurales que la dificultan. La falta de información accesible, los prejuicios del personal de salud, la escasez de redes de apoyo, e incluso las condiciones materiales de la vida cotidiana, limitan nuestras posibilidades de tomar decisiones autónomas.
Por ejemplo, si una mujer con discapacidad como yo, necesita asistencia para moverse o para realizar su higiene menstrual, pero no cuenta con un entorno accesible ni con apoyo personal, ¿cómo puede cuidar su cuerpo de manera digna? Si además debe pagar por servicios como la interpretación en lengua de señas o el acompañamiento para asistir a una cita médica, ¿qué pasa cuando no tiene recursos económicos para hacerlo?
Estas realidades muestran que la autonomía individual necesita de corresponsabilidad social, un Estado presente, una sociedad activa y una ciudadania menos indiferente. No basta con “empoderarnos” si el entorno sigue sin garantizar las condiciones para ejercer nuestros derechos. Nuestra autonomía no puede ser una utopía, debe ser una vivencia constante.
Siendo yo
Por eso, decidir sobre mis cuidados sexuales y reproductivos me ha permitido reconocerme como una persona en plenitud, con deseos, necesidades y proyectos propios. La autonomía me devolvió la posibilidad de sentirme sujeta de derechos, no objeto de cuidados. A través de cada decisión, desde preguntar en una consulta médica hasta hablar abiertamente de mi sexualidad, he ido construyendo una identidad más libre y coherente conmigo misma.
No se trata solo de salud, sino de dignidad. De poder decir: “mi cuerpo me pertenece” y accionar conforme a ello. De no dejar que otros definan qué es bueno para mí o qué me está permitido ser, sentir y vivir. Porque cuando decido, soy dueña de mi propia vida y existo desde mi propio deseo, no desde el permiso ajeno.