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El placer sexual: Del derecho al placer y de la resignificación de mi cuerpo

Como muchas mujeres que nacemos con discapacidad, mi primer contacto consiente con el cuerpo no fue el placer. Durante muchos años, me concentré en los sentires físicos de la recuperación: las heridas, las cicatrices, los puntos por retirar, los estiramientos, las fisioterapias, los dolores musculares, la espasticidad. Es una vivencia común que los cuerpos con discapacidad crezcan y se desarrollen en medio de procesos médicos.  Aquí no discutiré si ese es o no el camino, porque muchos de esos procedimientos fueron necesarios; pero sí quiero cuestionar cómo se medicaliza, se desestima o se de-sexualiza tanto el cuerpo con discapacidad que el placer desaparece, hasta que después de algunos años, decidimos buscarlo por vías propias, por la necesidad de reencontrarnos con ese derecho a ser mujeres sexuales.

Yo lo encontré en el camino de la vida y entendí que el placer no debe ser un lujo reservado a esos “otros” cuerpos normativos, estándares o cuerpos sin discapacidad. El placer viene de muchas formas, con sabores, colores y momentos únicos. Debe ser entendido y experimentado de maneras distintas. Interiorizarlo me dio la oportunidad de mirarme por primera vez, de tocar mi piel con cicatrices con curiosidad, respeto, amor y deseo de sentir y explorar; a reconocer mi cuerpo no como un límite, sino como mi territorio de existencia.

El placer también hace parte de los derechos sexuales y reproductivos, aunque en muy pocas ocasiones se mencione de manera explícita. En el caso de la discapacidad, las discusiones suelen centrarse en políticas públicas sobre accesibilidad, trabajo, educación o salud, dejando de lado una dimensión fundamental: el derecho a la satisfacción, al goce, al disfrute del propio cuerpo con discapacidad.

Persiste el imaginario de que el placer solo proviene del relacionamiento entre dos cuerpos y dos órganos sexuales reproductivos, normativos o “normales”,  los únicos capaces de sentir placer.

En este sentido, como plantea la Revista Nómadas de la Universidad Central de Colombia:

“En cuanto a la sexualidad, remitida a lo coital y al placer específico producido sólo por lo genital, ¿tendría valor su ejercicio por parte de esta población para la sociedad? ¿Cómo reconocer en estas sociedades la sexualidad de las PsD cuando los beneficios del mercado llegan de la mano de la industria médica, farmacéutica y de dispositivos varios que requieren de cuerpos no válidos, no preciados, cosificados, sujetados? Este entramado, entretejido por prenociones, tabúes y mitos, pareciera un callejón sin salida cuando se plantea el reconocimiento de la sexualidad de las PsD, más aún con dependencia severa.”

(Nómadas, n.º 52, Universidad Central de Colombia, 2020)

Esta reflexión evidencia cómo la sociedad sigue limitando el reconocimiento de nuestra sexualidad como personas con discapacidad, reduciéndola a una visión médica o instrumental, mientras invisibiliza nuestros deseos, erotismo y derecho al placer.

Asi, estas representaciones sociales dejan por fuera a los cuerpos como el mío y a los órganos sexuales que, por las características de la discapacidad, no “funcionan como deberían” o no “producen el placer que deberían”.  Entonces, ¿qué pasa con las personas que tienen la “sensibilidad alterada” en algunas partes del cuerpo o quienes ya no tienen sensibilidad física? ¿Dejan de ser merecedoras de placer? ¿Ya no son aptas para sentirlo?

Le hemos tenido miedo al placer, le hemos puesto culpa. La sexualidad, como dimensión humana, sigue siendo leída desde visiones asistencialistas y moralistas cuando se trata de mujeres con discapacidad. De este modo, nos encontramos solas en el descubrimiento del placer, en un mundo saturado de contenido sexual que, paradójicamente, nos deja al margen de una discusión que también es nuestra.

El camino hacia el placer es una conversación incómoda, solitaria y fortuita. Es un camino lleno de preguntas no sólo sobre el placer en sí mismo sino sobre nosotras mismas. Cuando hago alguna referencia relacionada con el placer en el sentido de la vivencia sexual como derecho, en terapia física, puedo notar cómo los profesionales se ruborizan o incluso se incomodan. Me pregunto “¿Por qué? ¿Por qué no puedo decir que, al estirar los músculos o aprender a agarrar cosas en fisioterapia, también estoy adquiriendo habilidades que podrían servirme no solo para tomar un lapicero o una taza de café, sino para sostener un vibrador?”. Estos comentarios no surgen desde el morbo, sino desde la necesidad de poner sobre la mesa aquello que casi nunca se nombra. Hablar del placer y de la sexualidad no debería causar confusión ni vergüenza, sino abrir caminos para pensar el cuerpo con discapacidad fuera de los hospitales y más en sex-shops. Me pregunto ¿Por qué sigue siendo un tema que sonroja cuando es una persona con discapacidad quien lo menciona? ¿Por qué todavía se deslegitiman las experiencias de placer de las mujeres con discapacidad?

Siempre fui muy fan de los cuentos hadas, a esas historias donde el placer parecía únicamente encontrarse cuando llegaba ese ser único y eterno llamado príncipe que podía guiarte hacia él. No recuerdo haberlo pensado diferente, hasta que el activismo, y la educación sexual integral, me acercaron a diversas posibilidades de conocerlo, de hablarlo y de compartirlo. Antes de ello, mi noción del placer estaba directamente relacionada con la reproducción, ni siquiera con la posibilidad de experimentar un orgasmo. Constantemente me preguntaba ¿será que podré? ¿Será que mi conducto vaginal está apto para la penetración? Al escribir estos interrogantes, reflexiono en como mi placer al parecer estaba dirigido a la preocupación de si podía o no ofrecerlo,  desde esa única forma en la que yo lo asumía.

Con el tiempo comprendí que el deseo también forma parte de mi elección y que puedo experimentarlo sin otro propósito que el gozo y el disfrute de mi cuerpo. Esa comprensión abrió en mí nuevas preguntas, me dio nuevas respuestas y nuevas formas de pensarlo y experimentarlo.

Reconocí que cuando alguien quiere compartirse conmigo no me está haciendo un favor, me está eligiendo, como yo también elijo. Reconocer el placer me llevó a mirar de frente esas partes de mí, de mi morfología que alguna vez rechacé. Mis inseguridades no desaparecieron, pero entendí que no son exclusivas de las mujeres con discapacidad. Y fue ahí cuando comprendí que el placer también puede reconciliarnos con quienes somos, que nos devuelve la posibilidad de habitar el cuerpo sin vergüenza y sin pedir permiso.

Mi percepción física cambió el día que tome conciencia de que este cuerpo, mi cuerpo diverso funcional, mi cuerpo con discapacidad, mi cuerpo femenino con parálisis cerebral, siente placer. Siente placer a solas, siente placer cuando comparte, siente placer cuando decido sentirlo y siente placer de innumerables maneras.

Yo considero que una forma de liberación es reconocer el placer como parte esencial de lo humano. Resignificar nuestros cuerpos no es solo un acto personal, sino una forma de resistencia ante una sociedad que define qué cuerpos puede gozar y cuáles no.

En definitiva, el placer es un camino que debemos transitar las mujeres con discapacidad. Un camino que recorreremos con nuestras sillas de ruedas, con nuestras muletas, con nuestros bastones para guiarnos, y con todas las formas que nuestros cuerpos y mentes encuentren para sentir. Porque cada forma es única, cada forma es válida, y todas son necesarias para construir una identidad propia, una vida digna, una existencia humana en plenitud.

 

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